• Carolina Bianco

Diagnósticos, discapacidad y psicoanálisis

Hace un tiempo en otro artículo decíamos que la integración escolar es una estrategia educativa que apunta a que sujetos con necesidades especiales en lo académico o vincular puedan participar de la experiencia de aprendizaje dentro de la escuela común.Una de las herramientas para que esta integración se lleve a cabo son los acompañamientos en las instituciones educativas, rol que ejercemos muchxs profesionales de la psicología.

En varios países, para que un acompañamiento sea facilitado por el Estado o los prestadores de salud es necesario que el niñx o adolescente cuente con un certificado de discapacidad de algún tipo. Así, el diagnóstico de discapacidad se convierte para muchas familias en la llave de acceso al sistema de salud y también al sistema educativo.


¿Qué ocurre cuando la única posibilidad de acceder a una prestación necesaria es tramitando un certificado de discapacidad? ¿Es la exigencia de contar con una certificación de discapacidad para acceder a tratamientos y servicios necesarios uno de los factores que llevan al sobrediagnóstico y los diagnósticos precoces?


Tanto las familias como lxs profesionales se enfrentan a un dilema que podríamos calificar de ético: ¿qué hacer frente a un niñx que está manifestando alguna dificultad y que necesita tratamientos que sin un diagnóstico no le serían provistos? ¿No encasillar de entrada en una categoría diagnóstica y dejarlx sin acceso a los espacios terapéuticos que necesita o dejar asentado un diagnóstico precoz que probablemente no coincida del todo con el niñx en cuestión, pero que le permitirá contar con todas las prestaciones que requiere?


Este sistema obliga a familias y profesionales a tramitar un certificado de discapacidad, un papel que certificará cierto diagnóstico, que catalogará a una persona dentro de las discapacidades contempladas en la normativa vigente y que, en base a esa etiqueta, decidirá qué tratamiento puede y debe recibir. En este contexto, el diagnóstico de discapacidad es más una herramienta para asegurar derechos y garantizar el acceso a prestaciones para la integración, que algo útil en la dirección de una cura.


También cabe la pregunta de si el certificado de discapacidad estigmatiza, si un diagnóstico puede terminar por “discapacitar” a un niñx. Creo que cuando trabajamos en integraciones escolares no podemos perder de vista este contexto para que el diagnóstico no ocupe nunca el lugar del sujeto. Muchas veces nos encontramos con profesionales de la salud haciendo mención a “un autista, un Síndrome de Down”, reduciendo a la persona con un diagnóstico; encarnando así el discurso médico con el que el psicoanálisis hace tanto tiempo intentó romper. Quizás este es el peligro de los diagnósticos, olvidar al sujeto, olvidar que la persona es mucho más que una etiqueta.


¿Qué pasa cuando identificamos a un niño, niña o adolescente con su discapacidad y no vemos nada más? Es importante que, como profesionales, tengamos en cuenta que el modo en que nos posicionamos frente a una persona influye en cómo esta persona se percibe. Si nuestra mirada se centra en lo que ella no puede hacer, es probable que ella también termine por identificarse con esta posición de incapacidad, obstaculizando el desarrollo de sus potencialidades, de su deseo.


Desde el psicoanálisis intentamos corrernos de esta postura y poner a la subjetividad en el centro de nuestro trabajo. Pero poner la subjetividad en el centro no implica hacer caso omiso a las limitaciones o decirle a alguien que puede hacer “todo”. Esto no es cierto para ninguna persona. Nadie puede hacer todo porque como sujetos todxs estamos atravesados por la falta. La subjetividad, eso único de cada quien, no es sin límites. Muchas veces en las intervenciones con personas con discapacidad termina apareciendo la “necesidad de la igualdad” ¿Pero, a qué nos referimos con igualdad? Si ponemos el acento en la igualdad sin detenernos a cuestionar este concepto, corremos el riesgo de tender a la homogeneización y, con ella, a la desaparición de lo particular. Pretendernos a todxs iguales es borrar la singularidad del deseo, negar la otredad.


Quizás, cuestionando la estandarización que implica hablar de igualdad a secas, podemos plantear una combinación entre igualdad de oportunidades y derecho a la diferencia.

Muchas veces resulta igual de violento el no reconocimiento de la diferencia y la otredad que la exclusión basada en esa diferencia.


Esta oscilación entre los polos de la exclusión y la negación de la diferencia se da en todos los ámbitos con todas las minorías y forma parte de la cotidianeidad de quienes trabajan como acompañantes en integraciones escolares. Muchas veces, sin darnos cuenta, intervenimos en la misma línea, centrándonos en lo que no se puede o intentando que la diferencia se note lo menos posible.


Uno de los mayores desafíos que enfrentamos cuando ejercemos estos roles es no caer nosotrxs mismxs en actitudes que pongan el foco en los impedimentos ni que desoigan lo distinto. Es desde este marco que podremos aportar a que instituciones, familias y la persona misma puedan crear un espacio en el entramado social asumiendo la diferencia y sin dejar de lado la particularidad de cada quien. La ética del psicoanálisis nos propone una mirada que haga foco en la subjetividad, el nombre propio y la historia singular. Es ahí donde estaremos acompañando al niñx o adolescente en la apropiación de un lugar y en la construcción de un camino en el que pueda desarrollarse.

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