• Carolina Bianco

¿Cuándo intervenir?

Hoy les traigo un recorte de un caso que me enfrentó intensamente con esta pregunta porque quiero compartir con ustedes algunas de las cosas que pude pensar después de supervisar.

Uma y mi impaciencia

Uma viene a sesión y habla. Habla casi sin detenerse y me da la sensación de que ni siquiera se está escuchando. En su discurso parecería que cualquier relato, sueño, recuerdo, fantasía tiene el mismo estatuto. No se detiene a preguntarse, a explorar la particularidad, los matices de lo que dice.

Las sesiones pasan y yo me impaciento cada vez más, los señalamientos que hago son ahogados en la corriente infinita de sus palabras, en ese hilo que despliega y que parece no poder cortar. Parece no haber una grieta en sus palabras que permita que una intervención movilice algo.

En el calendario las semanas ya son meses y Uma sigue hablando, de todo menos de lo que la trae a análisis y de su sufrimiento, si es que sufre. Siempre llega puntual y entusiasmada, la veo sinceramente contenta con el espacio, pero yo sigo preguntándome ¿Qué hace acá? ¿Cuál es el motivo de consulta? Y siento que tengo que hacer algo, necesito hacer algo. ¿Qué? ¿exigir asociaciones?, ¿forzar una interpretación?, ¿pedirle que se detenga en un tema para que lo analicemos? No, ya sé que el análisis no pasa por ahí, que la impaciencia es mía; y cuando logro mirar un poco más allá de toda mi inseguridad, me puedo dar cuenta de que el discurso no Uma no es mero blabla, que ella está ahí presente. Sin saberlo, por supuesto, narra y deja vislumbrar algo de su posición subjetiva para que las dos lo escuchemos.

Un buen día, muy al pasar comienza a hablar de la menstruación y de su preocupación respecto de los tampones. A la sesión siguiente esto insiste y, además, trae una escena sobre una extracción de sangre que la lleva a mencionar el embarazo de la hermana y el dolor que ella imagina que éste implica. En esa sesión otros significantes empiezan a aparecer y a acompañar a la menstruación, formando  una red en la que puedo leer cierta lógica. Hago algunas preguntas, pero siento que no llevan a mucho. Esta sesión, lejos de calmarme, me deja con una mayor sensación de que "tendría que estar pasando algo más". Por suerte elijo supervisar.

En la supervisión me encuentro diciendo cosas como: "un análisis debería ser distinto, siento que no estoy haciendo un trabajo analítico" y la supervisora me responde con un "¿y cómo debería ser un análisis?"


Lo que inmediatamente me lleva a darme cuenta, con un poco de vergüenza, de que tengo incorporada una idea casi caricaturesca donde un análisis ocurre cuando alguien viene y nos dice "lo que me preocupa es esto, ayudame" y todas las sesiones se dan grandes revelaciones, lxs pacientes asocian y descubren recuerdos olvidados  y llegan todos los días diciendo "me quedé pensando en lo que dijiste". Ningún análisis es así, y mucho menos un análisis con adolescentes. Las demandas aparecen y se formulan de distintas maneras, hay sesiones más reveladoras que otras, personas con distintos ritmos y estilos y como analistas no tenemos que estar diciendo cosas brillantes. Además, está la cuestión de los tiempos subjetivos, del establecimiento de la transferencia y del respeto que nuestras intervenciones tienen que tener con estos procesos. Para que unx paciente pueda escuchar una intervención, primero somos nosotrxs quienes tenemos que poder escuchar. Cuando nos sobrepasa la preocupación de "qué tendríamos que haber dicho" es muy difícil que podamos escuchar, si nos la pasamos pensando en lo "debería estar pasando"  es muy difícil que podamos leer lo que sí está pasando, lo que efectivamente se está moviendo en una sesión. Esto aplica a cualquier análisis y por sobre eso, el análisis con adolescentes presenta otras complejidades.

Ya hablamos antes de la relación conflictiva que existe entre adolescentes y mundo adulto, sería ingenuo de nuestra parte creer que lxs analistas quedamos fuera de este conflicto. Después de todo somos personas adultas y, al menos en principio, no hay mucho que nos diferencie de las demás personas adultas. Generalmente, al inicio del análisis con unx adolescente entraremos en una especie de periodo de prueba en el que deberemos demostrar, de algún modo, que escuchamos distinto a lxs demás adultxs. Lleva tiempo ganar esta confianza; y es solamente sobre la base de esta confianza que la transferencia puede empezar a construirse.

¿No era acaso eso lo que estaba ocurriendo con Uma? Mientras que el mundo adulto no dejaba de exigirle que elija este u otro hobbie, que decida si le gustaban los chicos o las chicas; en análisis podía hablar libremente de sus contradicciones, de como a veces no tenía hambre y otras veces se comía todo, o de que algunas noches se dormía a las 8 y otras pasaba la madrugada despierta, de que a veces su cuerpo de mujer la incomodaba y otras le gustaba, podía quejarse de que le pidieran que se "etiquetara", como decía ella, de que las personas adultas creían que "o sos lo uno o sos lo otro" y ella a veces quería ser las dos; y después de esas "quejas" podía hablar de lo que sí le gustaba, preguntarse quién quería ser.

¿No es acaso eso lo que debería ser un análisis? ¿Un lugar distinto a otros donde podemos desplegar la propia singularidad, donde nuestra palabra tiene otro peso? ¿Un espacio donde es posible correrse de las exigencias ajenas y empezar a hacerse preguntas propias?

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